Antes de salir voy a abrir bien la boca.
Voy a gritar hasta que se me salgan todos los silencios.
Voy a ir hasta a tu casa a devolverte la tormenta que me diste, con los rayos y los truenos puestos.
Voy a ir a pie.
Después y de regreso al barrio, con un pájaro chiquitito en las manos, perfumaré las veredas de mi cuadra con un color distinto cada vez.
La lluvia se habrá ido, estará guardada en tus tierras.
Será todo fosforescente alrededor, verde y mojado y caído de las ramas.
El caos hermoso de cada final y de cada origen.
Iré a la estación del tren.
Saludaré a los amigos, comentaré nimiedades alegremente.
Ensayaré -y me saldrá bien- la sonrisa de todos los días.
Empezará de nuevo la jornada.
La misma de ayer, del invierno pasado, de las mañanas en tu almohada, de los años anteriores.
Y cuando todo esté listo para quemar las horas hasta el día siguiente, sin necesidad de mayores antesalas ni reverencias
dejaré una bomba en la plaza de la esquina.
Se acabará el recuerdo doble de vos cantándome a mí, de mí cantándole a Quién.
El deja vú lastimoso de otros veranos distintos (iguales).
Infantilmente efectivo.
Efectivamente infantil.
Porque está bien que así sea.
¡PUM!
Los vecinos tendrán algo que contar por la tarde
-"buen día"-.
Adiós al simbolismo.
Hola mundo real.
Tangible, decoroso, vulgar.