lunes, 14 de diciembre de 2015

Después de hacer todo lo que tenía que hacer, me dejé caer en las profundidades del mar.
Me vi azul y marina y pez.
Canté las canciones y bailé las danzas.
Pensé en el río y lloré.
Construí una casa con corales, me uní al cardumen.
Huí estoicamente de los enormes delitos de las mantarrayas y fui todo lo que esperaban: un zapato triste en el pie equivocado.
Un día dejó de sonar la risa. Y en las alacenas de la cocina se acabaron los dulces y las nueces. Y en los balcones ya no tocaron más música ni se balancearon los amigos en el viejo árbol. 
Un día no hicimos más que llorar y gritarnos, llenos de mocos y de sangre en los ojos y las manos.
Y ya no me pareció divertido el olor rancio en los dormitorios, ni creí bohemio el desorden de toda la ropa desparramada en los pisos y quise poner a los libros en  estanterías y quise cerrar las ventanas de noche para poder abrirlas en la mañana.
Un día, así nada más, archivé los cuadernos y dejé de escribir y de sonreirte.
El huracán hizo añicos la casa y yo me dormí profundamente sobre una alfombra.
Afuera, lejos, estaba la luna redonda y, calle abajo, el maullido de un gato.