Después de hacer todo lo que tenía que hacer, me dejé caer en las profundidades del mar.
Me vi azul y marina y pez.
Canté las canciones y bailé las danzas.
Pensé en el río y lloré.
Construí una casa con corales, me uní al cardumen.
Huí estoicamente de los enormes delitos de las mantarrayas y fui todo lo que esperaban: un zapato triste en el pie equivocado.
lunes, 14 de diciembre de 2015
Un día dejó de sonar la risa. Y en las alacenas de la cocina se acabaron los dulces y las nueces. Y en los balcones ya no tocaron más música ni se balancearon los amigos en el viejo árbol.
Un día no hicimos más que llorar y gritarnos, llenos de mocos y de sangre en los ojos y las manos.
Y ya no me pareció divertido el olor rancio en los dormitorios, ni creí bohemio el desorden de toda la ropa desparramada en los pisos y quise poner a los libros en estanterías y quise cerrar las ventanas de noche para poder abrirlas en la mañana.
Un día, así nada más, archivé los cuadernos y dejé de escribir y de sonreirte.
El huracán hizo añicos la casa y yo me dormí profundamente sobre una alfombra.
Afuera, lejos, estaba la luna redonda y, calle abajo, el maullido de un gato.
Un día no hicimos más que llorar y gritarnos, llenos de mocos y de sangre en los ojos y las manos.
Y ya no me pareció divertido el olor rancio en los dormitorios, ni creí bohemio el desorden de toda la ropa desparramada en los pisos y quise poner a los libros en estanterías y quise cerrar las ventanas de noche para poder abrirlas en la mañana.
Un día, así nada más, archivé los cuadernos y dejé de escribir y de sonreirte.
El huracán hizo añicos la casa y yo me dormí profundamente sobre una alfombra.
Afuera, lejos, estaba la luna redonda y, calle abajo, el maullido de un gato.
sábado, 1 de agosto de 2015
Salvo
el alma de los otros.
Tengo
calor,
siento la fiebre,
el estruendo.
¡Tengo
amor!.
Viaja
manso por las venas,
agota de sangre mis ojos.
El
Sol ha vuelto.
Y
ha vuelto la primavera,
helada,
a
sacudirme los huesos
y mojarme el oído con su aliento de flores
dulces,
eternas.
Veneno.
Catapulta
de rezos.
Oraciones mudas.
Gana espacio la mente,
granos de arroz.
Junta fortuna por las noches.
Vomito ese jugo sagrado, rojizo.
Vuelvo
a nacer en el líquido.
Devuelvo
al mundo su esencia:
el sentido de la Luna,
la ausencia de La Estrella,
las
nubes eléctricas.
Azul
infinito.
Etéreo
Salvo
tu alma en la memoria.
Saco
abrazos del bolsillo y los perfumo.
Vuelo
a lo saltos,
por
las calles donde te amé.
Risa
oculta en el agua.
Agua
de pena.
Ojo
con lunar.
Lluvia de sonrisas,
sopa de invierno,
tarde
de perdón.
¿Aguanto
respirar?
¿Muero
de miedo a tus pies?
Terror
de los días,
de
los siguientes malditos.
¿Miro
si me ven?
¿Busco
si me buscan?
¿Corro si me echan?.
No
le temo a mis venas.
¿Me
arrodillo, majestad?
¡Quiere
más!
Siempre,
siempre
más.
Le
doy mis huesos,
le dejo toda mi sangre derramada en su olvido,
en
su risa enlatada.
Perversa.
Me
duele la boca.
Lluvia
y hojas.
Viento
y polvo.
¡Pasado!.
Sueño
con miel,
con
perros,
con
los niños del ayer.
Con
los besos de los niños que saltan
y
corren
y juegan a ser grandes.
Ilusiones diurnas,
los árboles de tu jardín
y
el amor de tus manos,
el
amor de mis pies.
Piruetas peligrosas.
Cuerda floja.
¡Equilibrio
no!
Juego
al limbo con la verdad.
Pateo la vara,
mis
pulmones se llenan.
Humo.
¡Libertad!.
Mi cuerpo se desliza
y se escapa.
Desaparece
de mi vista.
Soy
máquina,
nada
más.
Traicionera
nostalgia
me
dejás tirada en un rincón de la calle,
durmiendo con tus muertos.
Mis
tuercas extrañan,
mis
engranajes,
mis
sierras te odian.
Pétalo
amarillo,
mis poemas te devoran.
Mis piernas necesitan,
infinitas.
Y recorro
Buenos Aires.
Recorro
las luces disparadas,
con
los autos
y
la gente.
Voces.
Ojos.
Motores y cables.
La
velocidad inexorable de las horas.
Y corren.
Y
yo corro.
Corro como loca a lo largo y ancho de la Montaña
Rusa del Libertador.
Y tengo miedo.
Y siento vértigo.
Y
quizás soy feliz
porque
el corazón me explota en el pecho,
humedeciéndome la ropa…
Y
al final de la calle
tu
sombra plateada.
Sombra
que
es imagen
Tu
sombra
inmune
a mis dardos.
Tu
sombra plateada
que
es todo lo que tengo…
Musiquita
mía,
clavecita
de Sol…
Tal vez sea tarde
para estrellas
tal
vez la tierra clave mis pies.
Tal
vez sea hora de volver,
de
regresar a casa.
Tal
vez vuelva la hora de verte ir.
Diciembre 19, 2007
miércoles, 3 de junio de 2015
"Nunca fui perro", solía decir y paseaba mis vestiditos floreados por las barras de los bares.
Mi madre es rubia, cuando tomaba cerveza -rubia-, la tomaba con hielo. Cada vez que me ofrecía yo me negaba con una disculpa. Se asomaba desde el vaso clarito con sonrisa de niña, me decía: "las mentiras tienen patas cortas". Lo pienso ahora y creo que me decía eso porque asumía que negándole el trago quería decirle que no tomaba, en realidad lo hacía porque siempre fui de pensar que la cerveza o el vino con hielo pierden cualquier sentido posible.
"Nunca, nunca fui perro", me repito, y ella se asoma otra vez desde los vasos mugrientos en las barras de estos bares nuevos y tristes. Yo me río, quiero ir al baño, se me engancha el vestido en un clavo oxidado de la silla.
Las piernas de las mentiras no son largas. Las mías tampoco.
Mi madre es rubia, cuando tomaba cerveza -rubia-, la tomaba con hielo. Cada vez que me ofrecía yo me negaba con una disculpa. Se asomaba desde el vaso clarito con sonrisa de niña, me decía: "las mentiras tienen patas cortas". Lo pienso ahora y creo que me decía eso porque asumía que negándole el trago quería decirle que no tomaba, en realidad lo hacía porque siempre fui de pensar que la cerveza o el vino con hielo pierden cualquier sentido posible.
"Nunca, nunca fui perro", me repito, y ella se asoma otra vez desde los vasos mugrientos en las barras de estos bares nuevos y tristes. Yo me río, quiero ir al baño, se me engancha el vestido en un clavo oxidado de la silla.
Las piernas de las mentiras no son largas. Las mías tampoco.
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