lunes, 8 de julio de 2013

Difícil tarea la de bordear las mañanas.
El rayo de sol que perfora la persiana regala la danza del polvillo frente a mi cara.
Me reciben así, cientos de partículas cálidas flotándome el pelo y la nariz.
Sacudo la frazada y las miro. Se mueven en espiral, en columnas, en filas bailarinas.
Enérgicas pero lentas. Volátiles, celosas.

Todo el cuarto queda inmóvil ante el espectáculo matinal, sólo el tubo de luz es quien descubre y atrapa la atención del espacio, quien abre la puerta del reloj dominándolo; como la presión de un dedo amarillo hundiéndose en la carne blanda.

Cuidado con las mañanas. Con el amable gesto de abrir los ojos otra vez.
Cuidado, hermano, con el árbol infinito de otoño que es el recuerdo.

Afuera está el cemento trazando cruzadas frías.
Esperando.

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