jueves, 11 de julio de 2013

I

Atento. Se escondió abajo de un banco de la lluvia.
¿La ves?. Está asustada, sacó las escamas a relucir a través de la chispa de una gota.
Si no te movés no hace nada, nos quedamos así hasta que se vaya por donde vino.

Para la espera, el tic tac de la tormenta muerta sobre una rama.
Para el miedo, una mano en el hombro.
Para el tiempo, la espera.

Oímos la canción babosa del barro en la ribera, desde nuestros pies al horizonte se extiende una pincelada delgada en el suelo. El pasto se revuelve y del río se desprende una suerte de hipo grave. Podría ser el momento.

Miramos al cielo, se está abriendo el sol.
Volvemos a casa.


II

Se entierra en cualquier herida y da comienzo al proceso. ¿Cómo detener a esa víbora multicolor que taladra en espiral la carne?

Mirá todas estas fotos sin pestañar, sin respirar.
Quedate ciego.
Hablale al mundo sin voz.
Hacete mudo. Quedate solo.
Mudate a una vidriera. Mostrame una pierna. Jugá algún truco de amor.

La víbora se hunde hasta llegar a la matriz y enciende una luz equivalente a la explosión de quinientos fuegos artificiales. Los lugareños interpretan esta ilusión como una manifestación del alma.
Se emocionan inmutablemente.
Duermen mansos bajo llave en los ranchos apilados.




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