(Collage)
La tarde empezaba a callar despacio. La palabrería inútil de
las aves había terminado.
Vi como los últimos rayos de sol se abrían paso a través de
las ramas más altas de mi jardín e intenté -sin absoluto éxito- machetear las
hojas más cercanas.
Quería empaparme de ese abrazo amarillo una vez más.
Naturalmente, el ciclo de las horas me despertó de mi
empresa imposible.
Sentía como el rocío entraba poco a poco en la madeja sucia
de mi pelo y como el barro bajo mis pies se enfriaba.
La helada sobre el suelo ya era un hecho de escarcha blanca.
Verde. Negra.
Tomé entonces a la luna entre mis manos y disparé al aire.
Le di el tiro de gracia al día y tomé la retirada.
Las estrellas ahora serían un infierno programado para
esperar al próximo despunte y, sentada con la tranquilidad con la que podría
sentarse quien viaja en un vagón lleno de muertos, se me escaparon dos balas
más.
Una pregunta y una declaración:
Pregunta:
Quiénes son los que se detienen para escuchar el eco que
deja el que se va.
Quiénes detienen la marcha, la letra y las manos para
atrapar y guardar la voz fugitiva.
Voz que grita y cesa, como cuando el día de pronto es noche
y su mirada se hace final.
Quienes asisten al último rumor del tiempo y sus devenires
Quienes saben vivir como quien transita un puerto
Que levanten la mano.
Declaración:
Hay palabras que no encajan en mi boca y se parten como el
yeso.
Me pinto la cara con el polvo que desprenden los pedazos y
salto a una trinchera.
A través de tus ventanas los aviones entran y salen,
las personas ríen y lloran,
los pájaros nacen y mueren.
Mi lengua es un desierto blanco.
Hay palabras que se caen de mi boca:
Desaparecer. El Miedo.
El mundo fue y será. Contemptus mundi. Carajo. Porquerías.
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